A las 3:27 de la madrugada mi teléfono gritó.
No sonó: gritó. Ese tono de alerta de emergencia que te aprieta algo por dentro antes incluso de haber leído las palabras. Lo busqué a tientas en la mesilla, entornando los ojos por el brillo.
Una sola línea. Todo en mayúsculas. Sin remitente.
«NO MIRES A LA LUNA.»
Resoplé. Una broma, un hackeo, el chiste estúpido de alguien. Me di la vuelta. Entonces el teléfono volvió a gritar.
«Cierra las ventanas. Corre las cortinas. No salgas. No mires hacia arriba hasta el amanecer. Esto no es un simulacro.»
A través de la pared, el bebé de los vecinos empezó a llorar… y se calló. Demasiado de golpe.
Me levanté. La ventana de mi habitación daba al patio, la cortina estaba abierta, y entraba una luz extraña: demasiado brillante, demasiado blanca para ser luz de luna. Estiré la mano para correr la cortina, manteniendo los ojos en la tela, en mis propias manos.
Abajo, en el patio, había gente de pie. Vecinos en pijama, algunos descalzos sobre el asfalto frío. Una docena de ellos. Todas las cabezas echadas hacia atrás, mirando al cielo. Ninguno se movía. Ninguno parpadeaba.
Y fue entonces cuando me di cuenta de que no oía ni un solo coche. Ni uno. La ciudad entera contenía la respiración.
Mi teléfono pitó suavemente por tercera vez. Bajé la vista a la pantalla.
«4 horas 1 minuto hasta el amanecer. No te acerques a los que han mirado.»