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La tripulación espacial

Por primera vez en la historia, las personas que van a la órbita no son soldados ni multimillonarios, sino gente común que rellenó un formulario en internet. Un asiento espacial se regaló en una encuesta online: «¿Quién quiere volar? Gratis, de verdad.» Cuarenta millones de personas se apuntaron; había seis asientos. Así que una nave estrecha acaba llevando a Mijaíl de Rusia (que estuvo seguro de que era una broma hasta el despegue), una cocinera de Brasil, un programador de Corea, un agricultor de Kenia, una estudiante de Canadá y un pensionista de Italia que vuela «en lugar de su nieto». No tienen entrenamiento militar, solo un chat de grupo, una IA de a bordo con carácter y un único pensamiento compartido: «Seguramente no deberían habernos dejado subir aquí.» Una comedia tierna sobre seis desconocidos de seis países que aprenden a no matarse a 400 km del suelo. Añade la siguiente página y mantén el vuelo en marcha.

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Mijaíl estuvo seguro, hasta el final, de que era spam.

El correo había llegado seis meses antes, encajado entre un anuncio de pizza y un recordatorio para renovar su seguro: «¡Enhorabuena! Has sido seleccionado para una tripulación espacial civil. El vuelo es real. El coste es cero.» Se rió, se lo reenvió a un amigo con el comentario «sí, claro» y se olvidó del asunto.

Luego llamaron. Luego se presentaron. Luego vino un año de pruebas que siempre tenía la intención de dejar y, por algún motivo, nunca dejó. Y ahora estaba aquí, sujeto a un asiento, con un traje que olía a coche nuevo, viendo una cuenta atrás arrastrarse por una pantalla enorme.

—¿Todos vivos? —dijo una voz tranquila en su auricular—. Soy Orbita. Seré vuestra… digamos, tutora durante los próximos ocho meses.

—¿Podemos volver? —preguntó alguien en voz baja a su izquierda. Era Lucía, una cocinera de São Paulo, agarrada a los reposabrazos como si la nave ya estuviera cayendo.

—Técnicamente, no —respondió Orbita con suavidad—. Pero agradezco que lo hayas preguntado con educación.

Diez. Nueve. Ocho.

Mijaíl se sorprendió a sí mismo con un pensamiento estúpido: todavía no le había contado a su madre que iba a volar. Le había dicho que era un viaje de trabajo. En cierto modo, era verdad.

Tres. Dos. Uno.

Y el mundo bajo ellos tembló.

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